Ser una madre sana
implica la plenitud de ser mujer. Figuradamente es sentirse como un
manantial: la mujer se siente con ganas de dar la abundancia que
siente y tienen, en una actitud de no pedirle a su hijo que repare
sus propias carencias, sino de darle lo que realmente va a favorecer
el desarrollo adecuado y pleno de su ser.
